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El tiempo como regalo: tres relojes regalados que se convirtieron en leyenda

hace 6 días
6 min de lectura

El universo de los relojes siempre resulta más vasto de lo que aparenta. Más que simples instrumentos de medición, los relojes mecánicos encierran un mecanismo vivo que sirve de receptáculo para intenciones, sentimientos y recuerdos, y acogen, en su propio metal y en su propio ritmo, todo aquello que resiste al tiempo. Quizá por eso, aun superados en precisión por los relojes de cuarzo, por los atómicos o por la omnipresencia de la hora en los teléfonos móviles, los relojes mecánicos permanecen en las muñecas, como mensajeros de una dimensión simbólica y afectiva que ninguna tecnología ha logrado sustituir.


En esta Nochebuena damos a conocer tres relojes regalados en circunstancias extraordinarias, piezas que pasaron a formar parte de la historia por los mejores motivos. Estas historias revelan momentos apasionantes de la relojería y de sus protagonistas, y sabemos que son historias como estas las que nos hacen admirar los relojes: no por su utilidad, sino por el significado y la memoria que encierran.


Patek Philippe - Gago Coutinho y Sacadura Cabral


©IPR  Reloj de pulsera Patek Philippe de oro, regalado en 1922 por la Comisión Ejecutiva de la recepción a los aviadores portugueses Gago Coutinho y Sacadura Cabral, con motivo de la primera travesía aérea del Atlántico Sur.
©IPR Reloj de pulsera Patek Philippe de oro, regalado en 1922 por la Comisión Ejecutiva de la recepción a los aviadores portugueses Gago Coutinho y Sacadura Cabral, con motivo de la primera travesía aérea del Atlántico Sur.

En 1922, la travesía aérea del Atlántico Sur realizada por Gago Coutinho y Sacadura Cabral se convirtió en símbolo de la unión entre ciencia, navegación y pericia técnica. En el corazón de la aventura, el tiempo no era una abstracción sino una herramienta: cada trayectoria dependía de la precisión de los cronómetros marinos y de los relojes de aviación embarcados en el «Lusitânia», el «Pátria» y el «Santa Cruz».

Entre los instrumentos documentados figuraban, por ejemplo, cronómetros de la firma británica Dent —proveedora de la Marina portuguesa desde el siglo XIX— y cronómetros de Johannsen y de Kullberg, que equipaban los buques y que, en esta misión, se adaptaron para su uso aéreo.

No eran relojes de adorno, sino auténticos instrumentos científicos.


Cuando se contempla la travesía aérea del Atlántico Sur de 1922, es fácil olvidar que el verdadero protagonista no fue solo la máquina voladora, sino el tiempo: medido, regulado e interpretado con precisión científica. El propio Gago Coutinho aclara este punto en el informe del viaje, presentado al Estado al año siguiente:


En la navegación astronómica se empleó, como a bordo de los buques, un cronómetro de tiempo medio, que da la hora de Greenwich; y llevábamos también un buen contador de tiempo medio. Para la previsión de observaciones astronómicas de noche, teníamos otro cronómetro regulado al tiempo sidéreo de Greenwich. Gago Coutinho

En la preparación de la misión, el Observatório Naval de Lisboa revisaba, ajustaba y precintaba los cronómetros según normas rigurosas. El propio método de navegación de Gago Coutinho, basado en el «sextante de horizonte artificial», solo era posible gracias a la lectura exacta de los cronómetros, y el éxito de la travesía dependió literalmente de su funcionamiento. Se sabía, por testimonios directos y registros museísticos, que Gago Coutinho utilizó un cronómetro Dent n.º 32511 durante el viaje y que, tras el regreso:

La Comisión Ejecutiva de la recepción a los aviadores portugueses les regaló un reloj de pulsera Patek Philippe de oro.

La relación entre hombre, máquina y tiempo quedó así inscrita en la historia portuguesa. Estas piezas son testimonios materiales de una época en la que medir el tiempo era, en sí mismo, un acto de conquista.




El Breguet n.º 160 «Marie-Antoinette»

Breguet Marie-Antoinette
Breguet Marie-Antoinette

Hacia 1783, un admirador de la reina María Antonieta de Austria, esposa de Luis XVI, encargó a Abraham-Louis Breguet un reloj sin precedentes. La identidad del cliente sigue siendo desconocida, pero la intención fue clara y está documentada:

crear el reloj más complejo y perfecto posible, sin límite de costes ni de plazos, destinado a la reina.

El encargo incluía explícitamente todas las complicaciones conocidas en la época. No se trataba de ostentación inmediata, sino de un gesto absoluto, casi conceptual, en el que el tiempo y el dinero dejaban de ser criterios. El reloj se convertía en una prueba técnica y simbólica.


La fabricación del reloj resultó extraordinariamente larga. La Revolución francesa, iniciada en 1789, interrumpió la vida de la corte y condujo a la ejecución de María Antonieta en 1793, antes de que el reloj estuviera terminado. Sin embargo, el proyecto no se abandonó.


El Breguet n.º 160 no se terminó hasta 1827, más de cuarenta años después del encargo y cuatro años después de la muerte de Abraham-Louis Breguet. El reloj integra, entre otras funciones, repetición de minutos, calendario perpetuo, ecuación del tiempo, termómetro, reserva de marcha, cuerda automática e indicación de las horas en múltiples formatos. Nunca llegó a entregarse a su destinataria original. Aun así, quedó para siempre asociado a su nombre, no por el uso, sino por la intención.


A lo largo del siglo XIX, el reloj pasó por varios propietarios particulares. A principios del siglo XX, entró en la colección de sir David Lionel Goldsmid-Stern-Salomons, un importante coleccionista británico de relojería y ciencia.


En 1966, la pieza fue donada al Museo L. A. Mayer de Arte Islámico, en Jerusalén, donde pasó a ser uno de los objetos más importantes de la colección de relojería histórica, pese a no tener relación directa con el mundo islámico. Su presencia en el museo se justificaba por el valor universal del objeto como obra de ingeniería y de arte.


Breguet Marie-Antoinette
Breguet Marie-Antoinette

En la noche del 15 de abril de 1983, el museo sufrió un robo.

Se robaron más de un centenar de relojes, entre ellos el Breguet n.º 160.

El robo se planeó meticulosamente y no dejó pistas inmediatas.


Durante décadas, el paradero del reloj siguió siendo desconocido. Su singularidad hacía imposible venderlo en el mercado legal, lo que contribuyó al misterio en torno al robo.


En 2007, tras más de veinte años desaparecido, el Breguet n.º 160 fue recuperado. Lo devolvió al museo una mujer que afirmó estar cumpliendo la voluntad de su difunto marido, identificado como Na’aman Diller, un ladrón profesional israelí ya fallecido en aquella fecha.


La investigación confirmó la autenticidad de la pieza. El reloj estaba completo, aunque necesitaba una evaluación técnica y labores de conservación. La recuperación se consideró uno de los episodios más notables de la historia reciente de la relojería museística.



Regalo n.º 3

Rolex Paul Newman - Rolex Cosmograph Daytona, referencia 6239


Rolex Paul Newman - Rolex Cosmograph Daytona, 6239
Rolex Paul Newman - Rolex Cosmograph Daytona, 6239

En 1968, el actor Paul Newman estaba profundamente implicado en el automovilismo de competición. Además de su carrera en el cine, corría con regularidad en pruebas de resistencia y en programas de preparación profesional, una actividad que entrañaba riesgos reales y constantes. Fue en ese contexto cuando su esposa, la actriz Joanne Woodward, le regaló un reloj: un Rolex Cosmograph Daytona, referencia 6239, con esfera exótica, hoy conocido universalmente como Paul Newman Daytona.


El Rolex Daytona no se eligió como símbolo de ostentación. Era un cronógrafo profesional, concebido para cronometrar tiempos en pista, equipado con escala taquimétrica y de lectura clara. Funcionaba, de forma directa y eficaz, como instrumento adecuado a la actividad de Newman como piloto. El gesto no pretendía crear un símbolo público ni un icono mediático. El reloj estaba destinado al uso cotidiano y deportivo de su destinatario.

En el fondo de la caja, Joanne Woodward mandó grabar la frase «DRIVE CAREFULLY ME».

El mensaje es sencillo, directo y profundamente personal. No contiene el nombre del destinatario ni fecha alguna. La elección de la última palabra —ME— convierte la frase en una súplica íntima: no se trata solo de prudencia, sino de responsabilidad afectiva. Este grabado está ampliamente documentado mediante fotografías, testimonios familiares y la propia trayectoria conocida del reloj.


Paul Newman llevó este Rolex durante varios años, tanto fuera como dentro de la pista. El reloj aparece en numerosas fotografías y registros públicos, lo que confirma que no se guardó como pieza simbólica o excepcional, sino que formó parte de su vida cotidiana. Ese uso continuado refuerza el carácter genuino del regalo: el reloj cumplió exactamente la función para la que fue regalado.


Más tarde, Newman regaló el reloj al entonces novio de su hija, James Cox, cuando este se preparaba para iniciar una carrera en el automovilismo. El gesto mantuvo intacta la lógica original del regalo: el reloj acompañaba a quien afrontaba el riesgo. Durante décadas, el paradero de la pieza se mantuvo discreto, fuera del circuito mediático y alejado del mercado del coleccionismo.


En 2017, el reloj fue subastado por Phillips en Nueva York, donde alcanzó los 17,75 millones de dólares y se convirtió, en aquel momento, en el reloj de pulsera más caro jamás vendido en una subasta.

Este Rolex no es importante por ser un Paul Newman Daytona. Se convirtió en un Paul Newman Daytona porque lo llevó Paul Newman. Y se volvió histórico porque fue regalado con un mensaje privado que nunca perdió su sentido. La frase «DRIVE CAREFULLY ME» no se pensó para el público. Se escribió para un hombre concreto, en un momento concreto, con una preocupación real.


Joanne Woodward y Paul Newman
Joanne Woodward y Paul Newman

El regalo del Rolex de Joanne Woodward a Paul Newman demuestra que un reloj puede volverse histórico sin ninguna intención de serlo. Basta con que el gesto sea verdadero, que el uso sea real y que la historia esté documentada. Entre todos los grandes regalos relojeros conocidos, este sigue siendo uno de los más humanos: un reloj regalado por amor, llevado con naturalidad y revalorizado por el tiempo.



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