Bernardo d’Orey: de Patek Philippe a Lisboa, con la marquetería de paja como lenguaje artístico
La marquetería de paja es una técnica rara, extremadamente delicada y prácticamente desconocida para el gran público. Tradicionalmente asociada a las artes decorativas y al mobiliario, ha encontrado recientemente un nuevo territorio de expresión en la relojería contemporánea a través del trabajo de Bernardo d’Orey.

Instalado recientemente en Portugal, Bernardo desarrolla un trabajo profundamente ligado a la luz, al color y a la transformación visual de la materia. En su taller de marquetería en las Avenidas Novas, en Lisboa, conversamos largamente sobre su trayectoria, la filosofía de la artesanía, la relojería contemporánea y aquello que busca realmente cuando crea una esfera.

El espacio donde trabaja refleja precisamente ese planteamiento: un lugar enteramente dedicado al hacer, sin artificios ni puesta en escena. Sin dudar y sin ocultar el proceso, se pone manos a la obra para explicarnos cómo trabaja y cómo construye sus esferas. Bernardo permanece inclinado sobre la mesa durante periodos cortos e intensos —«como quien hace apnea», describe—, en una concentración absoluta sobre gestos minúsculos y materiales frágiles. Al mirar alrededor, resulta inevitable pensar en las infinitas combinaciones posibles entre formas, texturas y colores; al fin y al cabo, son esos elementos los que siguen definiendo, en gran medida, la identidad visual de la relojería mecánica contemporánea.
Aquí queda la transcripción de la conversación que mantuvimos con Bernardo, igualmente sin secretos ni filtros:

¿Cómo empezó tu trayectoria hasta llegar a la marquetería de paja?
Mi trayectoria empezó bastante lejos de la relojería. Pasé primero por la hostelería y más tarde entré en el universo del lujo y de los objetos raros. Fue entonces cuando trabajé en Louis Vuitton y, posteriormente, también en Patek Philippe, experiencias muy importantes porque me permitieron comprender mejor la relación emocional que las personas crean con los objetos especiales.
Más tarde trabajé también en el comercio de joyería antigua y fui desarrollando un interés cada vez mayor por las artes decorativas y los trabajos manuales. La marquetería de paja apareció en ese recorrido casi como un descubrimiento natural y acabó convirtiéndose en el centro de mi trabajo.
¿Qué te fascinó de esta técnica?
En el fondo, lo que me fascina de la marquetería de paja es partir de una materia prima extremadamente pobre —la paja de centeno— y transformarla en una materia noble.
Hay casi una dimensión alquímica en ese proceso. Me siento un poco como un alquimista que transforma una materia humilde en una materia preciosa.
Pero lo que de verdad me interesa no es tanto el dibujo en sí. Lo que me fascina es el brillo, el color y la percepción de la materia.
Me gusta trabajar la paja de manera que cree casi la ilusión de otra superficie, otra textura, otra profundidad.

La luz parece desempeñar un papel central en tu trabajo.
Totalmente. La luz es esencial.
La paja posee de forma natural lo que yo llamo un barniz de silicio, que le da este brillo tan particular. Yo no aplico ningún barniz sobre la paja. El brillo ya existe de forma natural.
Por eso estoy constantemente comprobando el trabajo en diferentes condiciones de luz. Trabajo con microscopio, con luz blanca, con luz amarilla, pero me levanto continuamente para ir a la ventana y observar el resultado con luz natural.
Es la luz la que da vida al trabajo.
¿Hay referencias en la relojería que te hayan inspirado especialmente?
Soy un gran admirador de Kari Voutilainen.
Curiosamente, lo que más me impresiona de sus relojes no es solo el mecanismo. Es sobre todo la esfera. La manera en que trabaja la luz en las esferas me fascina profundamente.
Yo entro en el reloj sobre todo a través de la emoción visual. Y es precisamente eso lo que intento crear con la marquetería de paja.
¿La técnica se vuelve más difícil cuando se aplica a la relojería?
Mucho más difícil.
La paja es una materia extremadamente delicada y orgánica. Cuanto menor es la superficie, menor es también el margen de error. En una esfera de reloj trabajo a menudo por debajo de la décima de milímetro de tolerancia.
Cada fibra tiene que colocarse exactamente en el lugar correcto. Y cualquier gesto puede echar a perder horas de trabajo.
Además, exige una concentración enorme.

Suelo decir que trabajo casi «en apnea».
No consigo trabajar dos horas seguidas. Trabajo en bloques de media hora o cuarenta y cinco minutos y después necesito parar, respirar y volver a mirar para comprobar si todo sigue equilibrado.
Llega un momento en que sencillamente dejamos de ver los errores.

¿Hay espacio para la improvisación?
Sí, bastante.
Parto siempre de una idea inicial, pero dejo mucho espacio a lo que la propia materia me sugiere. Cada paja es diferente. Hay manchas, matices, pequeñas irregularidades y variaciones de color.
Lo que podría parecer un defecto puede convertirse en una cualidad según la forma en que se integre en el conjunto. Y es precisamente ahí donde entra la improvisación.
¿Hay alguna etapa especialmente difícil?
Todas las etapas son extremadamente delicadas.
Abrir la paja, aplanarla, cortarla, pegarla, aplicar después el conjunto en la esfera… cualquier gesto puede destruir todo lo que se ha hecho antes.
Pero eso no me frustra. Al contrario. Lo que me motiva es precisamente sentir que todavía puedo hacerlo mejor.
Espero no perder nunca esa sensación. Creo que cualquier artesano vive así. Como un pianista que sube al escenario después de cincuenta años de carrera y sigue sintiendo nervios antes de tocar.
Esa fragilidad me da energía para continuar.
¿Cómo ves el papel de los métiers d’art en la relojería contemporánea?
Tengo una visión muy particular de la relojería contemporánea. Creo que, desde el punto de vista puramente mecánico, ya se ha inventado casi todo.
Por supuesto que siempre seguirá habiendo innovación, pero hoy existe un campo prácticamente infinito por explorar en la dimensión artística del reloj: decoración, esferas, acabados, identidad visual.
El reloj dejó hace mucho de ser solo un instrumento utilitario. Se ha convertido en un objeto artístico, emocional, casi una joya.
Y es precisamente ahí donde los métiers d’art pueden marcar toda la diferencia.
¿Crees que hoy existe una valoración real de la artesanía?
Creo que sí, cada vez más.
Vivimos en un mundo profundamente masificado. Y justamente por eso crece el deseo de poseer algo raro, humano e irrepetible.
La gente quiere poseer un reloj que nadie más tiene. Quiere conocer la historia del objeto, saber quién lo hizo, cuáles son las motivaciones de esa persona, cuál es la filosofía que hay detrás del trabajo.
Y es ahí donde el artesano puede marcar la diferencia.
¿Cómo surgieron tus colaboraciones con marcas de relojes?
La colaboración con Isotope Watches surgió de forma muy espontánea a través de un contacto vinculado al Instituto Português de Relojoaria.
La colaboración con Louis Erard, en cambio, partió de una iniciativa mía. Me puse en contacto, mostré mi trabajo y comenzamos un largo proceso de discusión y desarrollo.
También he desarrollado otros proyectos fuera de la relojería, incluidos joyería y trabajos escultóricos.
¿Hay algún proyecto especialmente significativo?
La esfera creada para celebrar el Año de la Serpiente fue probablemente el proyecto más complejo que he hecho hasta hoy.
Fueron más de doscientos pequeños triángulos, cada uno de unos dos milímetros, aplicados individualmente. Sabía que sería extremadamente difícil, pero conseguí llevar el proyecto hasta el final gracias también a los consejos de Rose Saneuil, que tuvo un papel muy importante en ese proceso.
¿Hay algún trabajo que sientas que representa especialmente bien lo que haces?
Me gustan mucho los patrones clásicos como el damero o el chevron, porque cuando están bien ejecutados poseen una enorme fuerza visual.
Pero hay dos trabajos que en este momento representan quizá mejor lo que busco. Uno se llama Bubbles, inspirado en burbujas de aire. El otro es Broken Ice, que busca reproducir la sensación de una placa de hielo agrietada.
Ese tipo de trabajo me permite explorar mezclas de color, profundidad y gradaciones sutiles de luz, que son precisamente las cosas que más me interesan.
Te has mudado recientemente a Portugal. ¿Influye eso en tu trabajo?
Mucho.
Vine sobre todo por razones familiares, pero me siento profundamente feliz de estar en Portugal. Aquí hay una energía muy especial.
Tengo la sensación de que por fin empieza a existir una mayor conciencia de la calidad de los artesanos portugueses y del enorme potencial creativo que hay en el país.
Durante mucho tiempo Portugal no supo comunicar la calidad de su trabajo. Hoy eso empieza a cambiar.
¿Crees que Portugal puede convertirse en un ecosistema relevante vinculado a la relojería independiente y a los métiers d’art?
Creo que sí. El gran problema de Portugal siempre ha sido sobre todo un problema de marketing.
Tenemos tendencia a infravalorarnos. Pero la percepción internacional del país ha cambiado mucho en los últimos años. Hoy ya existe reconocimiento por la calidad del trabajo, por la creatividad y por la capacidad técnica.
Lo importante ahora es evitar que Portugal sea visto solo como un país barato. El objetivo debe ser afirmar la calidad.
¿Qué te gustaría explorar todavía en el futuro?
Me gustaría seguir profundizando en lo que hago hoy.
Hay una técnica que he desarrollado y que llamo «escamas de dragón», que me gustaría mucho seguir explorando, especialmente aplicada a la relojería. Es técnicamente muy exigente porque implica cierto grosor, pero posee un enorme potencial visual.
También me gustaría explorar combinaciones con pan de oro y otras superficies.

¿Qué te interesa más en este momento: la complejidad técnica o la emoción visual?
La emoción visual.
Llego a la complejidad técnica a través de la emoción visual. Mi motivación es siempre crear algo que provoque una emoción.
Eso es lo que me guía.
¿Cómo imaginas el futuro de los métiers d’art en la relojería?
Creo que veremos cada vez más artesanos independientes colaborando puntualmente con marcas.
Quizá existan algunos casos de colaboración más permanente, pero lo que veo en los mejores artesanos es precisamente esa capacidad de trabajar con diferentes marcas y diferentes lenguajes visuales sin perder la identidad propia.
¿Crees que el público es consciente del tiempo y del trabajo necesarios para crear estas piezas?
Todavía no del todo.
Muchas de estas profesiones siguen siendo desconocidas. La gente no imagina el nivel de precisión necesario, el tiempo que requiere o la delicadeza del proceso.
Pero también corresponde a los artesanos y a las marcas comunicar mejor ese trabajo y explicar lo que hace especiales a estas piezas.
¿Prefieres crear pocas piezas muy especiales o producir de forma más regular?
Prefiero claramente pocas piezas especiales.
Eso permite crear una emoción diferente en cada pieza. Permite también mantener una relación mucho más cercana con lo que estoy haciendo.
¿Qué te gustaría que alguien sintiera al coger un reloj con una esfera tuya?
Me gustaría que la reacción fuera simplemente: «guau».
Que la persona tuviera ganas de seguir moviendo el reloj para ver los reflejos, los juegos de luz y los cambios de color.
Y en el fondo, ¿qué te entusiasma de verdad en el acto de crear?
Crear algo bello.

Creo que al final todo se reduce a eso: intentar añadir un poco de belleza al mundo.





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