top of page

Relojes de torre

hace 19 horas
12 min de lectura

«Si fuera posible condensar toda la vida de la Tierra en el espacio de un año, el hombre aparecería el 31 de diciembre a las 11:45 (Hitti, 1961).»


Por el hecho de que el tiempo no es físico, visible ni palpable, el ser humano, al proponerse medirlo, abrazó un objetivo desafiante, creando y desarrollando ingenios fascinantes que, a lo largo de los siglos, siempre han conmovido y apasionado a generaciones.



Los relojes de torre marcaron el inicio de este viaje. Grandes y robustos, se fueron haciendo progresivamente más pequeños y, poco a poco, llegaron a nuestras casas. Primero vinieron los relojes de pared y de sobremesa, seguidos de los relojes de bolsillo y de pulsera. Inicialmente casi inaccesibles, estas máquinas intemporales de medir el tiempo pasaron a estar cada vez más al alcance del público en general.

 

Este artículo propone un enfoque centrado exclusivamente en los relojes de torre, explorando su historia desde su aparición hasta su evolución a lo largo de los siglos, así como su funcionamiento. Se tratará también el tema de la relojería de hierro en Portugal, destacando su importancia y singularidad en el contexto histórico. Como complemento, se relatará la visita al reloj de la torre de la iglesia de Santiago en el Castillo de Palmela, que ilustra un ejemplo concreto del esfuerzo por preservar y valorizar este importante patrimonio histórico y cultural.


La relación del hombre con la naturaleza que lo rodea es inevitable, y la influencia de esta en la vida del hombre es otra inevitabilidad. Los grandes ciclos de la naturaleza (año, mes, día) se repiten ininterrumpidamente, llevando al propio hombre a establecer hábitos en su relación con estos ciclos. El intento de organizar y contar el tiempo surge casi de forma natural en la relación entre el hombre y la naturaleza. Los años, las estaciones, los meses, los días (la luz y la oscuridad se suceden de forma ininterrumpida) o la trayectoria visible del Sol, entre otros, son ejemplos de ciclos naturales que se repiten siempre de forma regular y que, por esa razón, también sirvieron de orientación en la vida de las personas que, entretanto, los organizaron.



Hoy en día podemos dividir un segundo en diez o incluso en cien partes, pero si nos imaginamos en el siglo XIII, época en que aparecieron los primeros relojes de torre, la unidad de tiempo más pequeña quizá fuera el día. Los ritmos eran menos agitados y el rigor en la medición del tiempo era más relativo. Entre la salida y la puesta del Sol se definía la jornada, y el mediodía era cuando la sombra tenía menor longitud. La sombra del mango de una azada proyectada en el suelo marcaba el tiempo de descanso, entre otras costumbres.


La importancia de la Iglesia


La Iglesia y sus respectivas órdenes acabaron desempeñando un papel importante, porque en esta institución ya existía la costumbre de dividir los días en «partes» más pequeñas, en gran medida debido a sus prácticas canónicas, de trabajo y de descanso. Fue también en la Iglesia donde se produjo el primer impulso hacia la concepción de un ingenio mecánico que pudiera ayudar de forma autónoma a contar las distintas partes del día.


En especial la división del día –la unidad de tiempo más antigua– acabó constituyendo el primer gran objetivo. Dividir el día en ciclos más pequeños contó con la importante contribución de la Iglesia. Las campanas de los conventos y monasterios, accionadas por los monjes (campaneros), anunciaban, entre otras, maitines, prima, vísperas o completas, que son ejemplos de parte de esta organización diaria y que corresponden respectivamente a la aurora (4 campanadas), a la salida del Sol (3 campanadas), a la puesta del Sol (3 campanadas) y al anochecer (4 campanadas). Este anuncio, mediante campanadas, estaba a cargo del monje encargado de accionar manualmente las campanas a la hora del día deseada. Las campanas tenían una gran importancia como medio de comunicación con la población.

Campana de iglesia

El monje encargado de esta tarea, para poder cumplirla con la mayor exactitud posible, se guiaba por el cuadrante vertical (reloj de sol) o, de noche y en los días menos soleados, por la clepsidra (reloj de agua) o por la vela graduada que, aproximadamente cada hora, dejaba caer clavos o pesos que producían un sonido de aviso.



Los tiempos eran tranquilos y poco agitados. Quizá se sentía una mayor relación del hombre con la naturaleza.


Relojes de torre


Grandes y pesados, estos relojes se construían inicialmente en hierro y madera, con ruedas dentadas impulsadas por grandes pesas que recorrían una torre campanario con la altura necesaria para proporcionar al mecanismo la autonomía deseada. La torre albergaba en su parte superior las campanas que indicaban las horas mediante sus toques. Pesadas masas colgadas de una cuerda de cáñamo constituían su fuente de energía y se enrollaban con frecuencia hasta lo alto, quedando después desenrollándose lentamente a lo largo de la torre campanario por efecto de la gravedad. Cuanto más alta la torre, mayor la autonomía del reloj. De aquellos tiempos habrá quedado hasta hoy la expresión «dar cuerda al reloj». En la mayoría de los casos sin ninguna esfera, se llamaban «relojes de tañer» porque solo indicaban las horas mediante los toques de sus campanas. Construidos con materiales que rápidamente sufrían desgaste u oxidación (hierro y madera), estos relojes no eran, por esa razón, muy precisos y necesitaban ajustarse con la ayuda de un reloj de sol o una clepsidra, pero fueron las máquinas que marcaron el inicio del largo e inacabado viaje en la búsqueda de la medición del tiempo. A lo largo del tiempo estos relojes fueron objeto de varios perfeccionamientos, desde el uso de nuevos materiales en su construcción hasta la sustitución de su oscilador, con reflejo en su rendimiento.


Origen


En el siglo XIII surgen los primeros relojes que, accionando de forma autónoma las campanas de las torres, sustituyen a los monjes encargados de esa función. Al principio, para su regulación y porque aún no eran muy precisos, no prescindían completamente de la ayuda de los relojes de sol durante el día o de las clepsidras durante la noche y los días menos soleados.




Inicialmente de tañer

 

Estos primeros relojes tenían también, en su mayoría, la particularidad de no mostrar aún las horas. Solo las tocaban (relojes de tañer). En una época en que la mayoría de las personas no sabía leer, el anuncio de las horas se hacía mediante el tañido de sus campanas. Solo más tarde surgen las primeras esferas y, por lo general, con una única aguja. También la segunda aguja (la de los minutos) no empieza a aparecer hasta finales del siglo XVII.

 

Rápida evolución

 

Progresivamente estos relojes fueron recibiendo varias innovaciones. Los materiales utilizados inicialmente en su construcción (hierro y madera) fueron sustituidos gradualmente por otros materiales (bronce y latón) que, a diferencia de los anteriores, no se pudrían ni se oxidaban tan fácilmente, lo que hizo los relojes más duraderos, robustos y precisos. Otra innovación que conviene señalar fue la introducción del oscilador de péndulo en sustitución del «Foliot». Este nuevo oscilador, ideado por Galileo Galilei y adaptado por Christiaan Huygens y Salomon Coster en el siglo XVII, proporcionó una notable precisión en el funcionamiento de estos relojes. A diferencia del antiguo oscilador de «foliot», este, atraído por la gravedad, presenta un retorno al «punto muerto», lo que supuso una importante innovación para la época. Otro hecho notable es que los relojes evolucionaron rápidamente hacia la incorporación de autómatas. Una demostración de virtuosismo que entonces, como hoy, no deja a nadie indiferente y que sigue siendo motivo de visitas solo para verlos funcionar.


 

Los primeros pasos en el control del tiempo mediante estos mecanismos contribuyeron incluso a que Europa pudiera afirmarse tecnológicamente ante el resto del mundo.

 

No pasó mucho tiempo hasta que se consideró ventajoso replicar el ejemplo de la Iglesia, lo que llevó a la aparición del reloj público o comunitario que, mediante el «tañido» de sus campanas, pasó a dar una valiosa contribución a la normalización de la vida en las ciudades. El reloj, independiente de la voluntad de las personas, imponía su «autoridad» y moldeó una importante conducta social, lo que generó cierta contestación en algunas personas, pero era también objeto de orgullo y prestigio que atraía a forasteros para admirar su funcionamiento.

 

Entre los siglos XIV y XVII se asiste, por toda Europa, a una instalación generalizada de estos mecanismos. Importantes en la normalización de la vida en sociedad, son también motivo de orgullo e incluso de estatus. Su adquisición y mantenimiento no están inicialmente al alcance de todos, pero gradualmente se empieza a asistir a una proliferación de estas fascinantes máquinas por todas las poblaciones.

 

Funcionamiento, breve aproximación

 

Estos ingenios comienzan por tener una estructura base constituida por cuatro columnas unidas por travesaños y fijadas con cuñas de hierro (más tarde tornillos); en dos de los lados de estas columnas hay platinas verticales fijadas a los travesaños superior e inferior, en las que encajan los ejes de las ruedas del movimiento y de las campanadas respectivamente, así como los ejes de los tambores/cilindros. En estos se enrollan cuerdas de cáñamo que sostienen dos pesadas masas de piedra (más tarde de plomo o hierro), que constituyen la fuente de energía de todo el sistema.

 

Uno de estos tambores transmite su energía a través de un conjunto de ruedas desmultiplicadoras que reducen gradualmente la fuerza y la llevan hasta el escape. Este libera gradualmente la energía procedente del tambor hacia un oscilador. Es en este momento cuando se producen los tic-tacs regulares y constantes que vamos oyendo y que permiten el funcionamiento regular del reloj.

 

Entretanto, el otro cilindro, de la misma forma, transmite su energía a través de otro conjunto de ruedas desmultiplicadoras, pero esta vez hasta el «freno» de las campanadas, que solo permite la liberación de esta energía de forma coordinada con el movimiento de las horas (párrafo anterior) y únicamente en el momento exacto deseado, dando lugar a las campanadas que señalan el paso de cada hora.



El tiempo en portugués

 

Es en la Sé (catedral) de Lisboa, en el año 1377, donde se coloca el primer reloj en Portugal. Mandado instalar por el rey D. Fernando, este reloj no tenía esfera e indicaba las horas mediante el tañido de sus campanas. Fue ya durante el reinado de Felipe III cuando, en 1628, se mandó colocar una esfera. Se sabe que su constructor fue «Mestre João» (francés). Este reloj necesitaba un relojero que lo mantuviera, lo ajustara, le diera cuerda y, entre otras tareas, lo templara con aceite de oliva (lo lubricara). El último reloj de torre mecánico instalado en Portugal habrá sido el de la Iglesia de la Misericordia de Seia, en la segunda mitad del siglo XX, construido en Aldeia do Bispo (Penamacor) por Manuel de Sousa Manteigas.

 

Se cree que el fraile franciscano Frei João da Comenda fue el primer relojero portugués en concebir un reloj en nuestro país, en el año 1478. Desde el Monasterio de Orgens (Viseu) habría construido doce relojes de torre, distribuidos por varias ciudades, entre ellas Évora, Setúbal o Serpa. Data así del siglo XV el reloj más antiguo fabricado en Portugal.

 

En esta época las horas eran públicas y las ponían a disposición de toda la población los monasterios, pero también las torres de los municipios (tiempo público). Tanto en el Monasterio de Orgens como en el Monasterio de Varatojo se conservan aún hoy dos ejemplares de sus doce relojes. En esta época se encuentran también referencias a un relojero de la región de Alenquer llamado Frei João da Montanha.

 

Interesante puede ser la colocación, en el año 1628, de un reloj que tocaba sus campanas cada cuarto de hora y que fue construido por el «carmelita descalzo» Frei Francisco de Jesus. Este reloj, colocado inicialmente en el convento de Bussaco, por el hecho de tocar sus campanas cada quince minutos, habría llamado la atención del poder central y habría sido trasladado a la capital.

 

El hecho de que aún no existiera la costumbre de que el constructor firmara sus relojes acabó dificultando un poco el conocimiento tanto del relojero de cada pieza como del conjunto de los relojeros portugueses de la época. No obstante, se encuentran referencias al relojero Pablo Gomes en Guimarães o, ya a finales del siglo XVI, al relojero Fernão Gonçalves en Braga.

 

Durante el reinado de D. João V, los nuevos relojes construidos con nuevos materiales y con osciladores de péndulo empiezan a sustituir gradualmente a las antiguas máquinas de hierro, que recibieron este nombre por estar construidas en hierro y madera.

 

Nombres importantes en el ámbito de la relojería gruesa de torre en el transcurso del siglo XX son las casas Cardina y Cousinha, respectivamente en Nazaré y en Almada.



Habrán sido las herederas de todo este legado, pero acabaron quizá «víctimas» de la electrificación y de un país quizá algo rendido a esta novedad y algo olvidado de las preciosas máquinas mecánicas que hasta entonces medían el tiempo.

 

Importante será también la referencia a la «Boa Reguladora», que, aunque no se dedicaba a la relojería gruesa que constituye nuestro tema, no dejó de prestar una importante contribución a la historia de la relojería en Portugal, desde el año 1895, a partir de Vila Nova de Famalicão, hasta nuestros días. Casi no habrá quien no haya tenido en su casa un reloj de pared o un despertador de esta marca.

 

Electrificación/reflexión

 

¿Alguien se imaginaría el «Big Ben» con un reloj eléctrico en lugar del original?

 

Curiosamente, casi al mismo tiempo que el hombre se aleja de los ritmos de la naturaleza, se asiste también a una proliferación de máquinas eléctricas que, quizá con cierta ingratitud, sustituyen a las centenarias máquinas de hierro. Al contrario de algunos países que se esfuerzan por preservar sus seculares relojes de torre. Entre nosotros son pocas las localidades que todavía se enorgullecen de sus viejos marcadores del tiempo. La mayor facilidad, el menor mantenimiento y quizá el menor coste hicieron que muchas reliquias mecánicas, en varias torres de localidades de nuestro país, fueran sustituidas por estos relojes eléctricos. Inmuebles de interés público y monumentos nacionales, que podrían servir de ejemplo y de referencia, sustituyeron también sus relojes mecánicos. Un legado intemporal que ha llegado hasta nuestros días y que quizá estemos dejando un poco de lado.

 

El tiempo público quedó atrás. Ya no se comparte la hora. Vivimos bajo las órdenes del rigor implacable del reloj individual. En las antípodas de los tiempos aquí retratados. Con el ajetreo y los ruidos de hoy apenas oímos sus campanas en las torres de nuestras poblaciones. Quizá deberían merecer nuestra atención por ser un legado que recibimos y que podría ser una importante fuente de interés turístico y una garantía de trabajo tanto para relojeros como para guías encargados de presentarlos a turistas interesados en admirarlos en funcionamiento.

 

Reloj de la Iglesia de Santiago en el Castillo de Palmela

 

En Palmela, como afortunadamente en otras localidades, ha habido sensibilidad y compromiso con la recuperación y conservación del patrimonio relojero de hierro. Relojes mecánicos seculares que también forman parte de nuestra historia y son un legado importante que preservar y dejar a las próximas generaciones.


 

Fechado en 1752 y fabricado en Lieja, en Bélgica (casa Henry Rossius), este reloj se encuentra instalado en la torre de la Iglesia de Santiago en el Castillo de Palmela. Marcado en su rueda contadora –responsable del número de campanadas que indican las horas respectivas– como Henri Rossius A Liége 1752, nos remite a una ciudad con una tradición relojera de calidad ampliamente reconocida en Bélgica, así como al año de su construcción. En la platina del movimiento de las horas podemos ver dos placas fijadas que confirman dos reparaciones, casi con toda seguridad profundas.



La primera intervención, en el año 1907, por un relojero alemán que trabajaba en Lisboa, Oscar Knoblick, y una segunda intervención en 1997 por la empresa Serafim da Silva Jerónimo, de Braga. Sin sonar durante muchos años hasta entonces, sus campanas volvieron por fin a sonar después de que el ayuntamiento mandara repararlo en el año 1996.



Frente al reloj quedamos «hipnotizados» por el brillo bien mantenido y conservado de sus bronces, material presente sobre todo en las ruedas que constituyen los dos trenes de rodaje, alimentados por fuentes de energía independientes: dos tambores, cada uno con una pesa, y un cable de acero que va descendiendo a lo largo de la torre campanario. Uno de los trenes, a la izquierda, es el responsable de las horas y termina en un enorme péndulo que tiene la función de regular el funcionamiento del reloj. El otro tren, a la derecha, responsable de las campanadas de las horas, termina en un volante de aletas o mariposa (freno dinámico) que tiene la función de reducir y regular la velocidad a la que las campanas dan las campanadas.



Aparentemente independientes, estos dos mecanismos están en realidad interconectados de modo que el mecanismo de las campanadas (a la derecha) solo se inicia en el momento exacto en que el mecanismo de las horas (a la izquierda) llega a la hora en punto. Todo esto desde hace más de 250 años y con un rigor y una precisión notables.

 

En la fachada de la torre orientada al norte tenemos una bonita esfera de azulejo con una única aguja. Aunque no nos muestre los minutos, quizá no nos impediría, aun así, percibir el minuto aproximado en que nos encontramos. Si la aguja se sitúa a medio camino entre las 10 y las 11, fácilmente percibimos que son las 10:30 sin necesidad de aguja de los minutos. Lo mismo ocurre si la aguja está a ¼ de la distancia entre las 10 y las 11.



Un detalle interesante es también la presencia de un reloj de sol (cuadrante vertical) situado en la fachada sur de la iglesia, que serviría de ayuda al monje campanero que, como hemos visto, tenía la función de accionar las campanas en determinados momentos del día para anunciar las ceremonias u otras indicaciones a la población de Palmela.



Pocos años después de su colocación, este reloj resistió el terremoto de 1755 y, a partir de 1834, con el paso del castillo a la administración militar, llegó también un menor interés por este patrimonio; aun así, el reloj ha resistido todos estos años y parece por fin concedernos el privilegio de contemplar el lento pasar del tiempo observando su péndulo, así como el mecanismo robusto y ruidoso que se pone en movimiento cada hora y que es el responsable de accionar sus campanas.

 

El Municipio de Palmela, con cita previa, ofrece una visita guiada al reloj de torre de la iglesia de Santiago, en el interior del castillo.


Comentarios

Obtuvo 0 de 5 estrellas.
Aún no hay calificaciones

Agrega una calificación
bottom of page